VICTOR CIVITA
El resolvedor de problemas
Donde los demás veían crisis, él veía oportunidades. De esa manera, construyó la mayor editorial de Brasil.
por Roberto Pompeu de Toledo
Vostro padre è impazzito.
Nueva York, setiembre de 1949. Los niños acaban de regresar de la escuela. La madre los llama y les lee la carta que recibió del padre, ausente del hogar hace ya más de dos meses. Vende esto, da aquello, decía la carta. No te olvides de tal cosa, cuidado con aquello otro. Embala el resto y ven. La madre termina y tiene la reacción que tendría cualquier mujer al recibir una carta semejante: "Vostro padre è impazzito". Sí, papá es divenuto pazzo. Perdió la razón. Enloqueció.
El padre en cuestión era el italiano, o, más precisamente, milanés, nacido en Nueva York, Victor Civita; la madre, la romana Sylvana; y los niños, los dos hijos del matrimonio, Roberto, de 13 años, y Richard, de 10. "Embala el resto y ven." ¿Ir para dónde? Brasil, esa era la orden. Incluso para una familia acostumbrada a los traslados, el salto era de dar escalofríos. Hasta ahora, los traslados se habían limitado al universo más reconocible, y seguro, del Hemisferio Norte. Básicamente, al eje Italia - Estados Unidos. Ahora, la orden era ir allá lejos, a una tierra distante, de la cual les faltaban referencias, de la cual no conocían ni la lengua ni los códigos. No es poca cosa, sea para quien sea, semejante cambio. Es una invitación a contener la respiración y saltar al vacío. Aún más considerando que, como en el caso en cuestión, el jefe de familia responsable por tal decisión no era un niño. Ya tenía 42 años. Todo resulta menos sorprendente, sin embargo, cuando se tiene en cuenta la naturaleza profunda del personaje. Pues ese señor, Victor Civita, el pazzo de la carta, era, conforme se verá a lo largo de esta historia, un especialista en saltos al vacío.
Los capítulos
Embarcado en el futuro
Cinco meses después, la familia llegaba a Brasil, donde la esperaba el marido y padre. Otros cinco meses después, aparecía el primer número de El Pato Donald. Nacía la Editorial Abril. Todo fue muy rápido. Todo era muy rápido con él. "Visionario" - este es el calificativo campeón cuando asociados, colaboradores, empleados, amigos o conocidos se refieren a Victor Civita.
"Hacedor", "resolvedor de problemas", estos son los vicecampeones. El antiguo director de los fascículos de Abril, Pedro Paulo Poppovic, dice que él "no cabía en su piel, de tanta vitalidad". Era un profesional del entusiasmo. Cláudio de Souza, uno de los empleados más antiguos, describió, en artículos que publicó a la muerte de Civita, la entrevista que tuvo con él cuando se postuló a un cargo en la joven empresa, en febrero de 1951. El lugar era el 9º piso del número 118 de la calle João Adolfo, en el centro de São Paulo, que por aquel entonces era el domicilio de Abril. A Cláudio todo le pareció muy sencillo y quieto. No más de tres personas en total trabajaban en las dos o tres salas que recorrió. Para quien estaba, como el candidato al cargo entonces ofrecido, acostumbrado a la agitación de las redacciones, el ambiente le daba la impresión de ser un convento. Cuando llegó a Civita, el mismo lo recibió de pie. Y habló, habló, habló - "prácticamente sin detenerse para respirar", escribe Cláudio. "Cuando me di cuenta de lo que estaba intentando transmitirme", agrega, "juzgué al principio que hablaba de otra y trepidante organización editorial, y no de aquel, su humilde monasterio, de donde salía sólo una modesta revista impresa en tipografía." Cláudio de Souza concluyó que aquel lunático interlocutor ya estaba "totalmente embarcado en el futuro".
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Atrás del barítono
A pesar de descender de una familia de antiguas raíces italianas, Victor Civita nació en Nueva York - en el número 6 de la Charles Street, barrio del Greenwich Village - por un motivo admirable: porque su padre, Carlo Civita, salió corriendo atrás de la hija del barítono. Carlo Civita era un huérfano criado por dos tías, profesoras en Mantova. Un día se fue a Milán y se hizo millonario, pero antes de eso conoció a Vittoria, hija de un barítono de alguna fama, Michelangelo Carpi, de cuyo repertorio constaba un elogiado Fígaro en "El Barbero de Sevilla". Cierto día, Carpi recibió una invitación para dar clases en un conservatorio de Chicago, y para allá se mudó con su familia. Carlo fue atrás, para no perder a Vittoria, y se casó con ella en los Estados Unidos, donde el matrimonio tuvo los dos primeros de sus tres hijos: César, nascido en 1905, y Victor, en 1907 - el 9 de febrero de 1907. En 1909, tan sólo dos años después del nacimiento del segundo niño, la familia hizo la travesía de vuelta hacia Italia, y se estableció en Milán.
Allí nacería el tercer hijo, Arthur, en 1912, mientras Carlo Civita se adentraba en una multifacética carrera de emprendedor. Entre otras cosas, tuvo una fábrica de embalajes de leche y una empresa de importación de equipamientos para gasolineras. Su hijo Victor no se destacó en los estudios. No conquistó más que un diploma de curso secundario, en el Instituto Técnico de Estudios Comerciales, de Milán. En casa, entre otras tareas emocionantes, los niños Civita cumplían el ritual anual de transferir a las botellas el vino que Carlo Civita solía comprar en toneles para los doce meses de consumo de la familia. Después, pegaban rótulos en las botellas, especificando en los mismos la procedencia del vino y el año de la zafra. Fuera de casa, una de las actividades de Víctor eran las óperas del Teatro Alta Scala, de Milán, donde el padre tenía palco permanente. Allí, aprendió las arias que, en la vida pública, como si no bastara ser nieto del barítono, entonaría. Cuando llegó el momento de prestar servicio militar, se alistó en la Fuerza Aérea Italiana. Llegó a pilotear aviones abiertos, del tipo que se usó en la I Guerra Mundial. A los 20 años, el padre le regaló un pasaje a los Estados Unidos, le puso mil dólares en el bolsillo y le ordenó: "Arréglatelas". Fue esa su universidad. Deambuló por 27 ciudades norteamericanas, a lo largo de once meses, visitó fábricas, conoció negocios y costumbres. A su vuelta, asumió tareas crecientes en los negocios del padre. En unas vacaciones en Venecia, hospedado en un hotel del Lido, conoció a Sylvana Alcorso, hija de un rico comerciante de Roma. Se casaron en 1935. Y así transcurría la vida, tranquila, cómoda, tan dulce como podía ser, para las personas nacidas en familias con buenos fluidos y adineradas, hasta que...
Hasta que, como se puede adivinar, se esbozaron en el horizonte las nubes que anunciaban la II Guerra. Añádase que tanto los Civita como los Alcorso eran judíos. Y comenzó, para los judíos, la probación insana, y bárbara, y absurda, de las leyes raciales del régimen de Mussolini. A los judíos se les prohibía casarse con no judíos, trabajar en el gobierno, dar clases, se les prohibía... Tan absurdo era aquel tipo de legislación que, al principio, no se creía que fuera a durar. El gobierno llegó a prohibir que los judíos tuvieran empleados no judíos. Por su parte, la casa romana de los Alcorso contaba con los servicios de quince empleados, ninguno de los cuales era judío. Eran el jardinero, el chofer, el personal de la limpieza y de la cocina. Parecía, para quienes vieron la película de Vittorio De Sica, la mansión que aparece en El Jardín de los Finzi Contini - que, a propósito, eran parientes, no de los Alcorso, sino de los Civita. Ningún empleado se quería ir. Pero el ama de casa, conocida como Nini - la madre de Sylvana - acabó por perder la paciencia y, ella misma, resolvió irse. Viajó a París, sin el marido y sin nadie. Los meses pasaban, la familia le pedía que volviera, pero ella no volvía. No volvió. Del lado de los Civita, el patriarca Carlo, de paso por los Estados Unidos, leyó cierto día en el diario The New York Times un artículo en el que un científico - sí, un "científico" - afirmaba que los judíos italianos no podían ser considerados italianos. ¿Cómo? ¿Y qué era ser educado en lengua italiana, en la ópera, en la lectura de Dante y Petrarca, en el culto a Garibaldi y en la admiración a las obras de Leonardo y Miguel Ángel? El absurdo ultrapasaba todos los límites. Carlo resolvió irse.
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Rumbo a los EE UU
Por su parte, el matrimonio Victor-Sylvana, que a esas alturas ya tenía un hijo, Roberto, nacido en 1936, se fue a principios del año fatídico de 1939. Fueron inicialmente a Londres, donde Sylvana llegó embarazada y ocultando su estado, pues las autoridades británicas preferían evitar los nacimientos en su territorio y así, de acuerdo con la ley jus solis, esas personas tuvieran derecho a la ciudadanía británica - hijos de extranjeros. El hijo Richard nacería en Londres (y tendría, sí, derecho a la ciudadanía británica), pero la familia no se quedó mucho tiempo allí. Fue a Francia y, desde allí, se embarcó a los Estados Unidos, en el Rex, el barco italiano más famoso de aquella época. Para quienes recuerdan otro clásico del cine italiano, Amarcord, de Federico Fellini, el Rex es el barco que, en una linda escena, pasa a lo ancho de Rimini, la ciudad en la que tiene lugar la historia, para gran admiración de la población local que, aunque sea de noche, va al mar en barquitos para ver de cerca ese portento. El Rex era el orgullo de la industria italiana - o, como se dice en la película, "la grande realizzazione del regime". Los Civita embarcaron en su último viaje. A continuación sobrevino el Apocalipsis - sobre Europa, sobre las rutas transatlánticas, sobre el mundo.
En los Estados Unidos, la familia se quedaría diez años. No es que a Victor Civita le fuera mal. Se comprometió con una fábrica de embalajes finos - para perfumes, sobretodo - y llegó, como buen vencedor que siempre fue, a conquistar una pequeña participación accionaria en el negocio. Pero no se sentía realizado. Esperaba más de la vida. En el verano del Hemisferio Norte de 1949, el mundo ya había salido de la pesadilla de la guerra, y la familia fue a pasar las vacaciones a Italia. La idea era reencontrarse con sus tan añoradas raíces y hacer que los niños conocieran la tierra de sus ancestros. En Italia, Victor reencuentra a su hermano César, también de vacaciones. César estaba establecido, desde el comienzo de los años 40, en Argentina. Allí había fundado una cierta Editorial Abril, cuyo símbolo era un árbol, y había lanzado una revistita llamada El Pato Donald. César, que desde muy joven trabajó en Mondadori, una de las mayores editoriales de Italia, se había convertido en el responsable por la versión italiana de las Revistas Disney. Cuando comenzó la guerra, buscó a Walt Disney, en los Estados Unidos, y obtuvo de él la licencia para publicar las revistas en América del Sur. Se estableció en Buenos Aires y los negocios iban bien, pero los rumbos de la Argentina peronista le causaban un poco de preocupación. Un líder populista, que acumulaba crecientes poderes, movilización de masas, un apelo al orgullo nacional que estaba al borde de la xenofobia - lo asaltaba la sensación de ya haber visto esa película. En su conversación con Victor, en aquel verano, en Italia, César le dijo que estaba pensando en diversificar los negocios. Brasil, allí, al lado de Argentina, parecía promisorio.
¿Y si lo intentáramos? ¿Y si el hermano concordara en comprometerse en un emprendimiento brasileño? Victor resolvió interrumpir las vacaciones e ir en aquel preciso momento, con César, a América del Sur. Con él, como sabemos, todo era muy rápido. Fue primero a la Argentina, a conocer la Editorial Abril. Desde allí fue a Río de Janeiro, luego a São Paulo. Le gustó más São Paulo. La ciudad tenía más el estilo de un milanés. Le dijeron que instalar una editorial en São Paulo no daría resultado. Era una provincia. No existían los periodistas, los artistas gráficos, los recursos necesarios para el sector. Victor insistió, y el resto ya se sabe. Está resumido en aquella famosa carta, enviada a Nueva York, a donde la familia ya había regresado, y en la frase que la coronó: "Vostro padre è impazzito".
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"Como pez en el agua"
Victor Civita se instaló en una salita en la calle Líbero Badaró, en el centro de São Paulo, contrató una secretaria, consiguió un teléfono y fue a la lucha. La residencia de la familia era el Hotel Esplanada, el mejor de la ciudad, atrás del Teatro Municipal, donde hoy por hoy se encuentra la sede del Grupo Votorantim. El día 12 de julio de 1950, salió el primer número de El Pato Donald.
Civita contaba, para la empresa que entonces iniciaba, con US$ 500 mil en recursos propios. Además de los préstamos que consiguió en el mercado, entraron como socios el grupo Smith de Vasconcelos, y, principalmente, Gordiano Rossi, natural del Estado de Minas Gerais, hijo de italianos, que sería su asociado en las primeras décadas de Abril. Toda empresa que crece mucho, cuando se miran sus orígenes y se constata cuán pequeña e insignificante era, causa asombro, pero en el caso de Abril, el asombro es aún mayor. Civita era un recién llegado, no tenía la vivencia del país, no sabía quién mandaba y quién obedecía, dónde estaban las cosas, cuál era el mejor camino para esto o aquello… Inclusive el área editorial le era extraña. Y, sin embargo, ya desde aquellos primeros meses, se comportaba, en las palabras de su hijo Roberto, "como pez en el agua". En 1951, se mudó de la calle Líbero Badaró a la calle João Adolfo, donde Abril - el directorio y las redacciones - permanecería hasta que el edificio de la Marginal do Tietê estuviera pronto, en 1968.
También en 1951 inauguró su primera gráfica, en la calle Nova dos Portugueses, barrio de Santana. Comenzó a ir allí casi todos los días. Los sábados, llevaba sobres con el pago del personal y los repartía personalmente. Durante ese primer año, la gráfica tuvo doce empleados. Cada uno recibió de regalo, en la Navidad de 1951, un Pan Dulce y una botella de Cinzano. De madrugada, de vez en cuando, Civita iba a la plaza Antônio Prado, donde se reunían los diareros para recoger sus partes de diarios, allí mismo, en la calle. Él les hablaba de las virtudes de El Pato Donald y les pedía que lo exhibieran bien en los quioscos de diarios. Los conocía por sus nombres. De todos ellos, se hizo más amigo de Pedro Favalle, a quien conoció en aquellos primeros años y quien más tarde sería contratado como proveedor de los diarios para Abril, tarea que desempeña hasta los días de hoy. También sondeaba el mercado, en un intento por ampliar su espacio. El publicista Mauro Salles tuvo su primer contacto con Victor Civita cuando trabajaba como periodista en O Globo y tenía una columna sobre automóviles. Entró en la redacción un señor con un maletín. "¿Sabe quién soy?", le preguntó el hombre. "Sí. Usted es el editor de la revistita que más se vende en Brasil". "A aquellas alturas, El Pato Donald había superado a sus competidores. Victor Civita se sintió satisfecho de que tanto él como su trabajo fueran reconocidos. Abrió el maletín y le mostró al Pato. Le contó su plan de hacer una revista de automóviles. Al final, Salles le preguntó si no quería que le presentara a Roberto Marinho, el dueño de O Globo. "No", respondió Civita. "Todavía no". Mauro Salles se quedó con la impresión de que aquel señor deseaba darse un tiempo para poder hablar de igual a igual con otros editores brasileños. De vuelta a la calle João Adolfo, Civita le pedía a Cláudio de Souza que le corrigiera el portugués. Tarea difícil. Corregir a una persona "cuyos pensamientos volaban mucho más alto que su expresión", escribió Cláudio, resultó penoso para ambos. "Muchas veces, una corrección absolutamente impostergable cortaba su raciocinio, y eso lo exasperaba". En casa, en aquella oportunidad, antes, después y siempre hablaba italiano. Los hijos, criados en los Estados Unidos, tenían la tendencia a caer en el inglés, pero la madre había decretado: "In questa casa, si parla italiano". Si no hablaban en esa lengua, ella no los escuchaba.
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"Elementos femeninos"
La exigencia de que se hablara italiano, además de tener "tacto", figuraba en un anuncio publicado en el diario O Estado de S. Paulo, en el cual, en mayo de 1960, "importante organización localizada en el centro" buscaba 'elementos femeninos, para directa colaboración con su director supervisor". Luisa Crema, una hija de italianos con perfecto conocimiento del idioma, fue a ver de qué se trataba. Se dirigió a la calle João Adolfo, al número indicado, e inmediatamente después estaba ante aquel señor que no paraba de hablar, y que decía que estaba a la búsqueda de una secretaria, pero no de una secretaria común y corriente, sino de una dotada de tales y cuales cualidades, y cumplidora, y disciplinada. Ambos se adentraron tanto en la conversación, y sólo en italiano, que a cierta altura Civita se interrumpió y recordó preguntar: "Espere. ¿Usted también habla portugués?" Ella hablaba portugués, sí. Luisa fue su secretaria por el resto de la vida. Fue durante un tiempo, al comienzo, que el idioma italiano circuló por Abril como algo insignificante. Marisa de Braud, otra italiana, contratada para crear Manequim, recuerda a Civita desde temprano en la mañana pasando por la redacción para verificar si el personal ya había llegado. Ella le decía, de lejos: "Buon giorno, signor Victor". Con las colaboradoras femeninas, como Marisa, o los "elementos femeninos", como decía el anuncio en el diario, el "signor Victor" se podía revelar lleno de encantos. Le gustaba decir piropos -"aquellos piropos de italiano", dice Marisa, "dichos en broma, con alegría".
La historia de los éxitos de Victor Civita - y de la Editorial Abril - tiene un poco que ver, o talvez mucho que ver, con la historia de los éxitos de Brasil en el mismo período. Victor Civita alió la capacidad de trabajo con el fino talento para mantener su carabela a favor del viento, de modo de aprovecharse de las mismas fuerzas que impulsaban al país a modo general. Apostó en São Paulo, y la eligió como sede de sus emprendimientos, en el momento exacto. Si, en la década de 50, calentó los motores con las revistas infantiles y las fotonovelas, en 1960 lanzó Quatro Rodas debido a la euforia de la industria automovilística, la joya de la corona del desarrollo juscelinista. Los fascículos llegaron para cumplir con la demanda cultural de una clase media que había mejorado de vida. Es famosa, en las crónicas de Abril, la reunión en la que se resolvió lanzar fascículos. Doce directores fueron convocados para decidir, primero, si realmente deberían ser lanzados y, en caso positivo, cuál de ellos lanzar. Los presentes desaconsejaron, por unanimidad, los fascículos en forma preliminar. Se invocaba, entre otros argumentos, que ni siquiera la palabra fascículo era conocida por el público. Civita los escuchó, les agradeció las opiniones, y enmendó en seguida que se había olvidado de informar que, en aquella reunión, tenía el 51% de los votos. Lo sentía mucho pero, como detentor de tal 51%, acababa de decidir a favor del lanzamiento de los fascículos.
Los invitó entonces a partir al ítem dos de la pauta - cuál fascículo lanzar. Los dos candidatos más fuertes eran una enciclopedia y una edición de la Biblia, de creación de la italiana Fabbri, llamada La Biblia Más Bella del Mundo. Civita ahora abdicó de los alegados 51% de los votos. "Prefiero la enciclopedia", dijo, "pero la decisión es de ustedes" - y salió de la sala.
Se optó por la Biblia. La enciclopedia sería lanzada posteriormente. El primer número de la Biblia vendió 150 mil ejemplares. La enciclopedia, lanzada con el título Conocer, batió el récord de los 50 mil ejemplares.
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Receta para todo
Historias como esta revelan al hombre de las audacias, al atleta del salto al vacío. Cierto día, le presentó a su hijo Roberto la idea de hacer hoteles turísticos por todo Brasil. "¿Y qué entendemos nosotros de hoteles?" objetó Roberto. Él le respondió con otra objeción: "¿Y qué entendía Nick Hilton antes de hacer su primer hotel?" Se creó la cadena de hoteles, bautizada Quatro Rodas. En otra ocasión, le preguntó a Roberto si sabía cuántos depósitos frigoríficos había e Brasil. Roberto ni siquiera sabía para qué servían los depósitos frigoríficos.
"Ninguno", concluyó el Civita más viejo. "Yo los voy a crear." Y los creó. Su gusto por crear superaba el de mantener y continuar, algo que quedaba más a cargo de sus hijos. Cuando Victor Civita tomó conciencia de quién era Victor Civita, lo que generalmente sucede en una fase ya avanzada de la vida, y pasó a exhibirse como Victor Civita, repitió, en innumerables entrevistas y discursos, que la palabra que más detestaba era "no". Todo le parecía posible. Era un maestro en el arte de revertir a favor el argumento, o la situación, que al principio se presentaba en contra. "Me decían que en Brasil las personas no leían", escribió cierta vez en el Latin American Daily Post. "Talvez fuera verdad. Pero había muy poco para leer, y yo me dije: 'El potencial es tremendo'." Su hijo Richard, en la misma línea, dice que el común de las personas, al visitar una ciudad y constatar que no hay teatro, concluirán que allí no existe público para eso y, por lo tanto, sería en vano intentar abrir uno. Victor Civita, al contrario, vería allí una oportunidad. Ese pueblo debe ansiar mucho tener un teatro, pensaría. Vamos a hacer uno. Su furia emprendedora no se detenía ante conjeturas desfavorables, como la que se presentaba en el país en diciembre de 1963 - época de grandes incertezas, en la que el gobierno João Goulart adoptaba un discurso crecientemente izquierdista, la oposición respondía con articulaciones de corte crecientemente conspirador, y en el horizonte se vislumbraban horrores como talvez un golpe, talvez una revolución, quién sabe una guerra civil. En una reunión de fin de año, presentes, en la casa de los Civita, con sus respectivas esposas, media docena de amigos, todos empresarios, a cierta altura uno comenzó a decir que iba a vender todo, otro que había decidido contener sus planes de expansión, otro que se iba del país... Civita informó: "Pues yo acabo de comprar una nueva rotativa"... "¿Cómo? En este momento?", se sorprendió uno de los amigos. "¿Cuál es el problema?", replicó Civita. "Si me confiscan la empresa, me quedo sin nada igual. Y ellos, con una empresa mejor."
Tenía una receta para todo. El director financiero de Abril, José Augusto Pinto Moreira, recuerda una reunión con el actual ministro Francisco Dornelles, entonces secretario de la Secretaría de Hacienda Federal, en la que Civita perdió el tiempo diciéndole lo que debía hacer. Roberto Civita recuerda una reunión con Faria Lima, entonces intendente de São Paulo, en la que Civita estuvo todo el tiempo explicándole cómo administrar la ciudad. Cierta vez, fue al BNDE (entonces sin la "S" que más recientemente se le agregó a la sigla) a preguntarle al director, Garrido Torres, por qué la institución no financiaba industrias gráficas. "Porque el BNDE fue creado para fomentar la industria base", respondió Torres. "¿Y una gráfica no es base? ¿La cultura, los diarios, los libros, no son la base del desarrollo de un pueblo?", preguntó Civita. "Puede ser", devolvió Torres, "pero tengo que seguir los estatutos del banco, y en los estatutos no consta que el sector gráfico sea industria base." "Está equivocado", insistió Civita. "Tiene que cambiar." Y tanto porfió, e hizo, que sucedió que el BNDE acabó modificando sus criterios. Se abrió al sector gráfico, y Civita obtuvo financiación para la compra de la rotativa que tenía en mente en aquel momento.
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El primero en llegar
El visionario, el audaz, el saltador al vacío y desafiador de las improbabilidades convivía, talvez paradojalmente, con un "peligroso detallista", como dice el vicepresidente y director editorial de Abril, Thomaz Souto Corrêa. El detallista era consecuencia del disciplinado que se dormía temprano y se despertaba temprano, comía poco, no bebía más que un vaso de vino, en las ocasiones en las que tenía que beber, y mantenía su escritorio tan arreglado como elegantes eran los trajes que vestía. De una puntualidad que irritaba a sus asociados y subordinados, era siempre el primero en llegar a los eventos, y regañaba a los demás porque no habían llegado en hora.
Convivía mal con el hábito, común a la raza de periodistas, de llegar tarde al lugar de trabajo, contrapartida, en la mencionada raza, a otro hábito: el de trabajar hasta tarde. Le gustaba citar el régimen adoptado en sus oficinas, en los primeros tiempos, por J. C. Penney, el dueño de la cadena minorista norteamericana del mismo nombre. Penney, a las siete y cuarenta y cinco, se colocaba en la puerta e iba recibiendo a los empleados uno a uno, dándoles los buenos días. A las ocho y quince cerraba la puerta.
El peligroso detallista se manifestaba también en las notas que les enviaba a los editores de las revistas.
A Mário de Andrade, entonces director de Playboy: "Me refiero a la página de apertura con Brunet: me parece que el calendario debería ser más legible. Ya que los números de los días son muy pequeños, no deberían salir en la impresión en cuatro colores, sino en blanco y negro, sobre fondo de cuadraditos blancos o amarillos".
A Fátima Ali, entonces directora de Nova: "En las páginas 98, 99, 100 y 101, las mayúsculas que comienzan los párrafos son muy pesadas y, diría, hasta feas".
A Thomaz Souto Corrêa: "Como cultor del buen uso de nuestro idioma, me preocupa haber notado varias veces en nuestras revistas la confusión entre las palabras 'mitificar' (crear mitos) y 'mistificar' (engañar, eludir) (...) Cuento con su permanente vigilancia en esta y en las demás cuestiones para el uso correcto de nuestro bello idioma".
También a Thomaz Souto Corrêa: "Todas nuestras revistas tienen errores de ortografía. Demasiados en lo que respecta a los nombres propios (...)
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En la rueda gigante
El pasaje de los años 70 a los 80 estuvo marcado por el episodio, doloroso para Civita, del conflicto entre sus hijos. El resultado fue la separación de las empresas. Roberto se quedó con las revistas y Richard con los fascículos y libros, además de la parte no editorial del grupo, como los hoteles y los frigoríficos. Durante un tiempo, Victor estuvo enojado con Richard, pero después ambos volvieron a jugar golf, una vez por semana. El golf semanal era de los pocos recreos que se permitía. Vivía para el trabajo y, al contrario del caso tan frecuente de los empresarios a los que les va muy bien personalmente mientras a la empresa le va mal, su empresa siempre estaba mejor, mucho mejor que él mismo. A su muerte, tenía el apartamento en el que vivía, en el barrio de Higienópolis, sin nada que revelara que se trataba de la residencia de uno de los principales empresarios brasileños, y otro en Guarujá. El moje que había en él se preguntó una vez por qué los ejecutivos necesitaban ganar cantidades tan altas. Decía que él mismo necesitaba poco, y vivía con poco. Cuando estaba de viaje, siempre entrevistaba a quienes consideraba que le podían transmitir algo útil, investigando las últimas novedades, en la rama editorial y en otras ramas, olfateando novedades. Si iba al teatro, según el amigo Joel Ostrowicz, propietario del edificio de la calle Curtume por tantos años utilizado por Abril, pensaba si no sería oportuno llevar la obra a Brasil. Una de las pocas historias de viaje de Victor Civita en la que no entra el trabajo es la que le narró al director de la oficina de Abril en París, Pedro de Souza, durante una visita a la capital francesa, ya al final de su vida, cuando tenía más de 80 años. "Pedro, ¿sabe dónde llevé a Sylvana?", comenzó diciendo. "A la rueda gigante de las Tulherias. Qué vista maravillosa." Los peores pensamientos cruzaron por la cabeza de Pedro de Souza. ¿Y si se hubiera sentido mal? ¿Y si hubiera ocurrido un accidente? Le dijo: "Por favor, señor Victor, nada de aventuras".
A Victor Civita no le interesaba la política. Como a tantos empresarios que no distinguen la gestión de un negocio de una sociedad, le parecía que la política molestaba. No dejaba hacer. Como editor, se involucraba más con la divulgación de la cultura y con la oferta de entretenimiento que con el periodismo propiamente, entendido éste como una mirada a la actualidad que lleva al hecho político y a la investigación de los conflictos sociales y económicos. Veja y, antes, Realidade [Realidad], las revistas con las que Abril se insertó completamente en el universo político brasileño, tienen más que ver con las preferencias de su hijo Roberto. Más próximas del modo de ser y de operar de Victor Civita estarían los fascículos como Gênios da Pintura [Los Genios de la Pintura], As Grandes Óperas [Las Grandes Óperas] y Grandes Compositores [Grandes Compositores], o las colecciones de libros como Os Imortais da Literatura Universal [Los Inmortales de la Literatura Universal] o Teatro Vivo [Teatro Vivo]. No es que no quisiera ganar dinero. Claro que quería, y mucho, no para sí mismo, ya que era un monje, sino para la empresa, pero coexistía con ese impulso "un sentimiento de misión", como dice Pedro Paulo Poppovic. Creía que debía educar al pueblo. Inclusive porque, educado, compraría más revistas, fascículos y libros. En los últimos años, se dedicó más que nada a la Fundación Victor Civita, cuyo objeto es la educación. En una de las tantas notas a sus hijos, que guardaba en un gran sobre que contenía sus deseos post-mortem, dispuso que todo el dinero que tenía, en cuentas bancarias, acciones o propiedades personales, debería ser revertido a la Fundación. A los hijos, que ya tenían las empresas, no les correspondería ni un centavo. "Si no logran vivir de las empresas que tienen, no las merecen", decretó. Sylvana hizo una adenda al mismo texto explicando que la orden de destinar los bienes personales a la Fundación incluía sus joyas.
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El primer avión
Victor y Sylvana murieron con una semana de intervalo. Sylvana se enfermó antes, y estuvo internada por dos semanas de corrido, en coma a partir de cierto momento. Victor, mientras tanto, aunque estaba preocupado y abatido con el estado de su mujer, continuaba con su vida. El viernes 24 de agosto de 1990, fue a trabajar, en el edificio de la Marginal. Le dijo a su hijo Roberto que se sentía un poco indispuesto, pero nada grave. Volvió a su casa a la hora del almuerzo. Su hijo Richard, mientras tanto, visitaba a Sylvana en el hospital, como lo hacía todos los días. Ella ya estaba en coma, pero aquella mañana, inesperadamente, recuperó la lucidez y conversó. Decía todo en pasado: "Fui esto, mi vida fue aquello, tú representaste esto y aquello otro para mí…" Richard sintió que se estaba despidiendo. A las 16h30 de aquel mismo día, los dos hijos recibieron telefonemas que les avisaban que algo grave le había sucedido a Victor. Cuando se despertó de la siesta después del almuerzo, intentó levantarse de la cama y se cayó. Estaba extendido en el piso.
Cuando llegaron, primero Richard, después Roberto, Victor ya estaba muerto. Richard se encargó de las tomar las medidas para el velorio mientras Roberto volvía a Abril para supervisar el reportaje de tapa que Veja daría sobre el asunto. El velorio fue en el hospital de la Beneficencia Portuguesa, a pocos metros del Hospital Osvaldo Cruz, donde Sylvana estaba internada. Poco después de media noche, Richard se escabulló del velorio y fue a visitar a su madre. Ella dormía plácidamente. Richard se sentó a su lado y le dijo: "Ya debes saber que Victor murió. Muy pronto, ustedes estarán juntos". Ella continuaba durmiendo plácidamente. "Ciao, bella mamma", dijo Richard. ¿Sylvana realmente se enteró de la muerte de Victor? Richard no lo sabe, pero sospecha que talvez sí. Su madre murió una semana después, pero, para Richard, ambos murieron exactamente en el mismo momento. "Dios hace cosas graciosas", dice Richard, que es católico, religión en la que fue educado desde niño, a pesar de la orden judaica. "Mi padre no lograría vivir ni un solo día sin mi madre."
Entre sus recuerdos de infancia, Victor contaba sobre el día en el que su padre lo llevó a ver el aterrizaje del primer avión que llegó a Milán. Dos cosas le quedaron grabadas en la memoria. Una, que las personas aplaudieron. La otra, que el césped se movía, de tan fuerte que era el viento producido por la hélice. Él no sabía bien la fecha, pero debía ser muy pequeño para tener los ojos tan al nivel del césped. Ya mucho más tarde, viajó a Europa en el supersónico Concorde, lo que le parecía cerrar una parábola. A él, que había visto el aterrizaje del primer avión en Milán, siendo muy niño, y que había piloteado aviones del tiempo de maría castaña, también se le ofreció la oportunidad de viajar en el Concorde. De cuántas cosas disfrutó, entre el avión de Milán y el Concorde... ¡De cuántas cosas! ¡Qué vida!